Cumpliendo lo prometido Hernán se pasó por Dublín para estar unos días con los viejos amigos que estamos por aquí, conocer a mi novia y atar un par de cabos sueltos que se dejó al marcharse a Francia.

El viernes nos pasamos por la Embajada española, que está en el quinto pino, en Sydney Parade, para declarar que dos amigos que se quieren casar no están ya casados ni coaccionados. Como nosotros somos muy chulos fuimos en coche en lugar de en DART y así pude demostrar lo bueno que soy utilizando mi hipotálamo hipocampo (gracias Inés por el palabro).

La primera y última vez que estuve en la Embajada fue también con Hernán porque tenía que hacer no-sé-qué rollos, yo pregunté qué necesitaban para censarme en Dublín y me dijeron “rellenar esta hoja y dos fotografías”.

Por supuesto, las fotografías las tenía que poner yo; porque las 4 que me pidieron para el maldito DNI de mierda han debido de usarlas para limpiarse el culo con ellas o vete a saber tú qué cojones. En fin… que sigo viviendo oficialmente en León y me suda mucho los cojones la burocracia: volví a pedirles una hojita de esas, para limpiarme el culo yo también con ella, y luego nos marchamos.

Hernán arregló sus papeles y fuimos a comer noodles a un restaurante chino donde por 8 euros te ponen un plato que puede alimentar a una familia una semana; los noodles no eran gran cosa pero coño, quedé muy impresionado.

Después de hacer tiempo de compras, hice de tripas corazón y me pasé con él a buscar a Sara, de la que sólo diré que es bajita, y nos fuimos a tomar unas cervezas antes de marchar por casa.

Mientras, en un bar cualquiera de Dublín, un grupo de locales miraba con tristeza cómo su equipo perdía 25 a 3 contra nuestros enemigos naturales, los franceses, que sentados un par de mesas más allá que se mofaban de su victoria al rugbi.