Ya estoy de vuelta otra vez, por si alguien me había echado de menos :P

Después de pasar unos días en España para recoger a mi niña (que se ha operado de la vista y ya no es un topito) y celebrar la boda de Vero y Rubén toca volver a la isla esmeralda.

Fue una lástima no poder ir a ver a Bea y Txema, que se casaban en Barcelona en las mismas fechas, pero ahí nos queda la visita para otra vez que coincida que tenemos tiempo…

En cuanto a la boda a la que sí fuimos, los novios se casaron por el juzgado en un acto privado y luego nos reunimos todos en un molino restaurado a las afueras de León, que se está poniendo muy de moda por lo bonito del lugar.

Allí celebraron una boda al aire libre muy al estilo de las películas americanas, al pie de un árbol centenario donde los amigos participaron dando un pequeño discurso acerca de los novios. Todo el mundo estaba emocionado… lloró la novia, lloró el novio, lloraron varios invitados e incluso lloré yo, que me da alergia al polen y estábamos en una chopera al aire libre :(

Después de tanta emoción, llegaron los entremeses, entre los que la cecina de León y el jamón recién cortado fueron los protagonistas, y de ahí pasamos al banquete. Nos sentaron con una pareja que habíamos conocido durante la despedida de solteros conjunta que hicieron la última vez que fuimos a León, que aprovecharon para decirnos que ella está embarazada.

Al final llegaron los licores, los cafés y los puros… me quedé con ganas de repetir, y sobre todo, de volver a pasar un fin de semana con los viejos amigos y celebrar juntos que aunque pase el tiempo, algunos lazos se hacen más fuertes.