Hoy la silueta del sol quedaba perfectamente definida por la niebla, ayer la visibilidad era muy limitada más allá de 10 metros y hoy la cosa no era muy diferente.

Esa niebla terrible que otros detestan a mí me encanta: me gusta mirar por la ventana y ver el mundo difuminado y la mortecina luz de las farolas. Esa niebla, nostálgico de mí, me recuerda a mi ciudad natal y a mi adolescencia, recorriendo las calles con mis amigos en busca de nuestras primeras aventuras.

Los días de lluvia no me hacen gracia, no me recuerdan a nada que eche de menos. Estar encerrado en casa mirando por la ventana sin poder o sin realmente querer salir, entretenido dibujando con el dedo figuras en el bao del cristal.

En Irlanda, gracias a dios, no llueve tanto como la gente cree y casi puede asegurar que entre los días claros y los nublados se reparten el año en partes iguales… los días de lluvia son los menos, aunque los más desagradables cuando van acompañados del viento huracanado de este lugar.

Al final hoy ha resultado ser uno de esos días soleados en los que te dan ganas de llamar a tu supervisor y decir que te encuentras mal para marcharte a casa y, por supuesto, en su lugar darte un paseo y disfrutar de este paisaje tan especial.