Hoy he ido a buscar a una amiga que venía de España al aeropuerto y me ha traído una de mis películas de animación favoritas: La princesa mononoke.

En ella se cuenta la historia de un príncipe que viaja al este en busca de respuestas después de que su pueblo fuera atacado por un dios maldito. En su viaje conocerá a Lady Eboshi, la líder de la ciudad del hierro y a San, la princesa mononoke que lucha por defender el bosque de los hombres que lo están destruyendo.

Los motivos empujan a unos a enfrentarse con los otros es comprensible: el bienestar de su comunida, no hay buenos ni malos, cada uno cumple con su papel y el resultado final es inevitable.

A lo largo de la película se nos muestran algunos aspectos del folclore japonés, como los espíritus del bosque, los kodamas, que aparecen graciosos y sonrientes cuando el bosque está sano.

En contraposición con esta idea independiente que forma parte de un todo tenemos la palabra mononoke, que es el espíritu de algo que de por sí existe, como puede ser el espíritu de un objeto inanimado o de una persona, muerta o viva, o el espíritu de un animal. En la película los mononoke representan las fuerzas vitales y son los dioses lobo que buscan venganza o los jabalíes, llenos de cólera o los monos negros y cabizbajos, tratando de sembrar nuevos árboles en los alrededores de la ciudad de los hombres.

Como todas las películas de Studio Ghibli , se trata de un cuento enternecedor que uno no debe perderse y que inevitablemente quedará para siempre en un rincón de nuestros corazones.