En el principio, estaban el Frío y el Calor.

Al norte estaba Niflheim, el país de los hielos y de las brumas. Al sur, Muspellsheim, un mar de furiosas llamas. Entre ambos no había nada, sólo un vasto abismo sin fondo: Ginnungagap.

Allí, en aquel vacío inmenso, flanqueado por luz y tinieblas, yacía el origen de toda vida. Los vientos cálidos provenientes del fuego empezaron a derretir la nieve al borde del abismo y moldeada por el frío, pero despertando a la vida por el calor, surgió una extraña criatura, un ser enorme llamado Ymer, el gigante más grande que jamás haya existido.

Conforme el hielo se derretía, las gotas iban configurando otra criatura… con ubres y cuernos: una vaca colosal llamada Audhumla. Daba tanta leche que el níveo líquido fluía de sus descomunales pezones como ríos caudalosos. Así encontró sustento Ymer.

La vaca, por su parte, empezó a lamer las piedras cubiertas de escarcha que yacían alrededor de ella y del gigante y entonces sucedió algo extraño. De pronto, de una de las piedras, el enorme rumiante sacó unos largos mechones de pelo. Al día siguiente surgió una cabeza y un rostro y al tercer día, la vaca, finalmente, extrajo con sus lamidos un cuerpo entero…

Era un varón alto y hermoso. Se llamaba Bure y de él descienden los dioses que llamamos Asas.

El gigante Ymer tuvo hijos consigo mismo. Mientras dormía empezó a sudar y, de pronto, surgieron del sobaco izquierdo una criatura masculina y otra femenina. No queriendo ser menos las piernas que los brazos, los pies copularon entre sí y dieron a luz un hijo con seis cabezas. Ése fue el origen de los “gigantes de escarcha”, más conocidos como Yotes.

Aunque en un principio convivieron sin más problemas, pero los Yotes proliferaron entre sí convirtiéndose en una plaga. Del cruce de uno de ellos con Bure nacieron Odin y sus hermanos, que se revelaron contra los Ymer y su estirpe. Los dioses mataron al gigante y una gran ola de sangre se abatió sobre sus enemigos ahogándolos a todos… a todos menos a dos.

Esta pareja de Yotes huyó a través de la niebla buscando refugio en el país de las brumas donde vivirían todas las generaciones posteriores de “gigantes de escarcha”… También Audhumla, la primera vaca, seguramente fue arrastrada por las olas y arrojada al precipicio que había entre Niflheim y Muspellheim, puesto que desde aquel baño de sangre, nadie ha vuelto a saber de ella… Los Asas arrastraron el cadáver de Ymer y lo arrojaron al inmenso vacío, el Ginnungagap, para taparlo.

Entonces, sobre el cuerpo sin vida del gigante crearon el mundo.

La sangre de Ymer se transformó en mar y su carne, en tierra. Los huesos del coloso se convirtieron en rocas y peñascos mientras que el pelo se transformó en árboles y hierba. Con el cráneo del gigante cubrieron todo lo creado como si fuera una bóveda y luego, los dioses tomaron chispas del ardiente Muspellsheim y las alzaron para que brillaran en lo alto… Así se crearon las estrellas.

Del cadáver de Ymer salían arrastrándose pequeños gusanos, que se convirtieron en los primeros enanos, moradores de grutas y cavernas del mundo subterráneo. Los asas eligieron a cuatro de ellos para sostener la bóveda celeste y vigilar los cuatro rincones del universo y los llamador Este, Oeste, Norte y Sur.

Así fue como todo lo creado quedó imbuido de sentido y propósito