Parte de la Primera Enmienda (de la constitución de los Estados Unidos de América) declara: “el Congreso no hará ley alguna que coarte la libertad de expresión o de prensa”.

Desde un principio, incluso antes de que la Constitución entrara en vigor en 1789, los arquitectos de la Revolución de Estados Unidos sentían apasionadamente que la libertad no podía existir sin que hubiese una prensa libre. “Nuestra libertad depende de la libertad de prensa, y esta no se puede limitar sin el riesgo de perderla”, recalcó en 1786 Thomas Jefferson, autor de la Declaración de la Independencia.

Cuando en 1791 se agregó la Primera Enmienda a la Constitución, la primera de 10 enmiendas conocidas conjuntamente como la Declaración de Derechos, los Fundadores de la nación sabían que su significado tendría que ser interpretado por los tribunales según las circunstancias cambiantes, así como en relación con los otros derechos protegidos bajo la Constitución.

David Pitts

En 1988, en el caso Hustler Magazine vs Falwell, el pastor evangélico protestante baptista se querelló contra Larry Flint, director y propietario de la revista pornográfica, por un anuncio ficticio de alcohol donde el pastor explicaba que había perdido la virginidad con su madre después de haberse emborrachado ambos.

El juez desestimó los 45 millones de dólares que Falwell pedía por invasión de la privacidad y difamación, al considerar el artículo como una parodia, pero condenó a Flint a pagar 125 mil dólares por daños psicológicos causados con lo que Flint recurrió acogiéndose a la Primera Enmienda. El Tribunal Federal de Virginia falló de nuevo la sentencia por tratarse de ultraje, rechazando el alegato de que el texto era intencionadamente ofensivo.

Tras el fallo pasó a cargo del Tribunal Supremo de los Estados Unidos de América, el que estimó que Falwell era una figura pública a todos los hechos, y decidió que la prensa tiene el derecho de burlarse aun cuando esas burlas sean “ultrajantes” e incluso si causan angustia emocional.

 

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