Este fin de semana estuve en Madrid, de camino a Irlanda, y aproveché para comer con Cris y darme una vuelta por la ciudad del oso y el madroño.

Me sentí un poco fuera de lugar: Madrid es una ciudad tan grande y tan moderna que no se parece nada a Dublín, mucho más pequeña y tradicional.

Tal es el caso que me sentí un tanto fuera de lugar cuando en el restaurante había una tira cómica donde hablaban del orgullo gay y de salir del armario.

En Irlanda esas cosas no se estilan; los homosexuales no van por la calle manifestándose y en los lugares donde ellos frecuentan los irlandeses prefieren no ir. Nunca fue compatible ser gay y beber pintas de cerveza, jugar a los dardos o ir a casas de apuestas…

Los irlandeses, en general, responden mal ante tal tipo de modernidades y sobre los homosexuales piensan que es algo que los extranjeros les hemos importado a su isla. Si eres gay es mejor que te dediques a escribir o seas poeta, pero procura no molestar a los demás con tus ideas revolucionarias o acabarás mal.

Y ahí me encuentro yo: a medio camino de una sociedad progresista que defiende el matrimonio homosexual y el orgullo gay, frente a otra costumbrista y tradicional donde los hombres son toscos y el rollo metrosexual no está de moda.

Después de más de dos años en Irlanda me empiezo a sentir brusco ante este tipo de situaciones y lugares y me planteo si lo que tratan de hacernos ver como normal en España no es tan normal como ellos pretenden….

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