Ayer 3 de enero se suponía que tenía que haber volado de vuelta a Dublín pero un problema en el avión (o eso es lo que nos dijeron) nos dejó 7 horas en tierra…

La aventura empezaba en la cola de facturación donde el pasaje se preguntaba por qué no avanzaba la cola, y es que, mientras otras veces suelen poner más operadores para acelerar la facturación, esta vez no se les veía con nada de prisa.

Los ánimos se calentaron cuando alguien preguntó qué coños pasaba que no iba a dar tiempo a que subiéramos al avión, momento en el cual nos confesaron que no tuviéramos ninguna prisa… que con 5 horas previstas de retraso íbamos más que sobrados de tiempo; así que después de casi 3 cuartos de hora de cola nos fuimos todos al mostrador de Ryanair para protestar.

A estas alturas ya conocía a una pareja de argentinos que tenían que ir a Cork, a una española que tenía que estar en Meath al día siguiente que decidió volar con Aerlingus temiéndose lo peor… y hasta me encontré con otros dos chicos de León: Ismael y Rodrigo.

Ryanair nos dió un vale para comida de hasta 5 euros que se quedó en un triste sandwitch y una lata de refresco ante la negativa del restaurante a darnos otra cosa y como lo que teníamos era mucha mala hostia y poco hambre no nos importó demasiado… en ese momento ya teníamos puerta de embarque y una hora de salida: las 23:30… aunque luego las cosas terminarían retrasándose más y más.

Ya en la terminal nos habíamos reunido todos en un rincón, ahí me encontré también con un amigo de Dublín que tenía el mismo vuelo y con Elena, una chica de Azentur que buscaba con quién compartir un taxi una vez que aterrizáramos. También reconocí a un tipo con el que había volado el año pasado desde Shannon a Madrid que trabaja para AIB y que nos invitó a unas jornadas gastronómicas que organizan en su casa todos los fines de semana.

Así pasamos el rato hasta las 01:00 subimos al avión donde la cosa no mejoró mucho: alguien que había facturado equipaje no estaba en el avión así que tuvieron que recontar a todas las personas, descargar el equipaje y mirar qué maleta sobraba, por medidas de seguridad.

La cosa nos llevó unas dos horas más o menos, embutidos en un pequeño Boeing 737 con las butacas más baratas y pequeñas que se puede encontrar uno en un avión. Nos sacábamos fotos, bromeábamos mientras otros dormían e incluso jugamos con el equipamiento de muestra. Al final despegamos y yo ya no quise mirar el reloj.

El viaje pasó sin más incidentes, a Elena hasta le tocó un vuelo a NYC con dos noches de hotel pagadas y $1000 de gastos incluidos, la parte mala es que quien quiera acompañarla tendrá que costearse el viaje él solito… Ryanair tiene mucha vista con esto de los sorteos. Nos despedimos en tierra y nos cambiamos teléfonos para tomarnos una pinta otro día porque a esas horas lo único que nos apetecía era caernos muertos. Hemos quedado para ir algun día a comer juntos un sandwitch y una lata de refresco en honor a Ryanair…

Como eran las 4 de la mañana nadie vino a buscarme al aeropuerto y tuve que coger un taxi. Había nevado y las carreteras secundarias estaban heladas así que tuvimos que ir por la M50 y pagar 30€… podía haber sido peor.

Una vez en casa, después de descansar mis maltrechos pies me he acostado y, por supuesto, lo primero que he hecho es avisar a mi supervisor que no contara conmigo para hoy…